El cine club para niños huérfanos que funciona en Bogotá – Cine y Tv – Cultura




Dairo Bustos, ingeniero de la Universidad Católica, llegó a Bogotá cuando tenía 17 años, en el 2005. Nació en la vereda San Ramón, en Guaduas, Cundinamarca, donde vivió toda su infancia y adolescencia.

Cuando llegó a la capital del país se encontró con un mundo desconocido, hizo nuevos amigos y, con ellos, varias actividades a las que no estaba acostumbrado en su pueblo, entre ellas ir a cine.

“Llevaba un año en la universidad cuando fui por primera vez a cine. Estuve en el multiplex de Galerías (centro comercial) y vimos Piratas del Caribe 2. Cuando entré dije: ‘¡Wow, esto es increíble!’”, recuerda.

Antes de esa experiencia había momentos en los que se sentía desconectado de las conversaciones que tenían sus compañeros porque no podía opinar de lo que estaban hablando: los estrenos del momento o los grandes clásicos cinematográficos. “Yo lo único que había visto era El Chavo del 8, y ya. No existía nada más para mí”, cuenta.

Además de la emoción y la sorpresa por ‘vivir’ una película, a Dairo se le despertó el interés por que más personas tuvieran esa oportunidad. “Salí con ganas de seguir yendo al cine y con la idea de que debía encontrar el mecanismo para que más gente tuviera el acceso a una sala”.

Cine al corazón

Además de la emoción y la sorpresa por ‘vivir’ una película, a Dairo se le despertó el interés por que más personas tuvieran esa oportunidad.

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Cortesía Cine al corazón

Cine al corazón

Un día, Dairo se sentó a hablar con su prima Natalia Bustos para que le ayudara a ingeniarse la forma de crear un ‘cine móvil’ y llevar los efectos especiales, las historias de ficción o las aventuras de superhéroes a más gente, especialmente a quienes no tienen los recursos para ello.

Por supuesto, Dairo y Natalia no podían trabajar solos. Necesitaban de más manos, mentes y corazones dispuestos a cambiar por un momento la realidad de algunos pequeños. Realizaron una convocatoria por redes sociales para que se unieran a la causa personas que quisieran colaborarles desinteresadamente. Hoy en día son 20 voluntarios, que no reciben ningún tipo de remuneración económica.

Luego de soñar mucho con su proyecto, de tocar puertas y organizar su tiempo en la universidad, Dairo encontró hace cuatro años varias fundaciones que trabajan con niños huérfanos, de bajos recursos y enfermos, y se dio cuenta de que era a ellos a quienes debía regalarles unos minutos de diversión a través de las películas.

La primera vez que fuimos, un niño se me acercó y me dijo: ‘¿Ustedes sí van a volver o nos van a abandonar, como nuestros papás?’ Desde ese momento me di cuenta del compromiso del cineclub

La primera fundación a la que llevaron una película fue a Acción Misericordia, ubicada en el barrio Rionegro, en la localidad de Barrios Unidos, en el nororiente de Bogotá. Allí conviven al menos 15 niños que han sido víctimas de maltrato y abuso.

“La primera vez que fuimos, un niño se me acercó y me dijo: ‘¿Ustedes sí van a volver o nos van a abandonar, como nuestros papás?’ Desde ese momento me di cuenta del compromiso del cineclub”, cuenta Dairo.

Con el fin de conseguir el dinero para las funciones han usado diferentes estrategias: reuniones entre amigos a las que para poder entrar es necesario llevar una caja de jugos, paquetes de maíz o dinero.

De esta manera, Dairo y sus compañeros en el proyecto se fueron convirtiendo en el plan de los fines de semana para los menores huérfanos. Decidieron llamarse Cine al Corazón.

Para muchos, la sala de cine más cercana está a la vuelta de la esquina o yendo al centro comercial preferido. Acceder a una boleta, con combo incluido de palomitas y gaseosa, puede ser sencillo y no representa ninguna novedad. Pero no todas las personas tienen la posibilidad de salir, divertirse, entretenerse e, incluso, aprender cosas nuevas en el contexto de una sala de cine, disfrutando del séptimo arte.

Según cifras del Ministerio de Cultura, en Colombia, hasta el 2017, solo el 58,8 por ciento de la población nacional tiene acceso al cine, es decir que casi la mitad del país no tiene la posibilidad de vivir esta experiencia.

Cine al corazón

En Colombia, hasta el 2017, solo el 58,8 por ciento de la población nacional tiene acceso al cine,

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Cortesía Cine al corazón

¡Luces, cámara, acción!

Las jornadas de Cine al Corazón se llevan a cabo algunos domingos, de 3 a 6 de la tarde. Los voluntarios se dividen las tareas, entre organizar el espacio, tapar cualquier entrada de luz con telas negras, preparar el maíz en una pequeña crispetera, acomodar las sillas en su sitio y prender el proyector para que cuando los niños entren se olviden por un rato de su realidad y puedan vivir completamente la experiencia del cine.

Todo esto lo hacen sin la presencia de los pequeños, para que no se pierda la magia de lo que van a vivir. Y es que no se trata solo de que los niños se sienten y vean una película. Incluso, desde antes de pulsar el botón de play en el computador desde el cual se reproducirá el filme, los niños deben pasar por un proceso para acceder a la tarde de cine.

Durante la semana, su comportamiento debe ser excelente, no debieron haber sido castigados por ningún motivo y tuvieron que cumplir con sus tareas, es decir, su premio son las películas. Los niños que cumplen con esas condiciones se forman, en orden de estatura, y con un billete didáctico le compran a uno de los colaboradores de Cine al Corazón su boleta, la cual, además de darles el ingreso a la función, les da el derecho de consumir unas deliciosas palomitas con un jugo de cajita.

No se trata de regalarles la entrada, ellos tienen que saber que se lo deben ganar. Así aprenden, de manera vivencial, cómo funciona el dinero

“No se trata de regalarles la entrada, ellos tienen que saber que se lo deben ganar. Así aprenden, de manera vivencial, cómo funciona el dinero”, afirma Dairo.

Una vez ingresan les recuerdan las reglas del cineclub. “Ellos mismos las pusieron porque no queremos la imposición”, relata Dairo. No hablar y no dormirse son algunas.

Todo está listo para una nueva función: las luces apagadas, el olor tentador a crispetas frescas, las sillas organizadas y concentración, mucha concentración frente a la pantalla.

Durante la proyección solo se escuchan las mordidas de las crispetas y las risas en momentos graciosos. Y cuando se acaba la película, con el ánimo de dejar mensajes positivos, realizan una jornada de reflexión, de lo bueno que aprendieron de los personajes, de sus momentos favoritos, de lo que no les gustó y de cómo hubieran reaccionado ellos ante algunas de las situaciones.

Se trata de un coaprendizaje entre los niños y los voluntarios. Al final, las sonrisas son la compensación de otra jornada del cineclub.

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Durante la proyección solo se escuchan las mordidas de las crispetas y las risas en momentos graciosos.

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Cortesía Cine al corazón

Selección de las películas

El tipo de películas que ven con los niños pasa primero por un filtro. Dairo se reúne con varios de los voluntarios; las ven, analizan si hay algún tipo de contenido sensible y hacen la selección según la fundación a la que vayan a ir y las edades de los menores que se encuentren allí.

“Cuidamos mucho su integridad, sus oídos, sus ojos. Queremos que vean películas que les dejen mensajes y valores, que no sea solo por entretenimiento”, explica Dairo.
Para los más pequeños, por ejemplo, eligen películas de dibujos animados y rodajes taquilleros como Wall-E, Cars o los clásicos de Disney.

“Lo mejor de estar en este proyecto es que cuando uno invierte tiempo en otras personas es mucho más feliz”, dice Natalia, compañera de Dairo desde la creación de Cine al Corazón, y agrega: “Nosotros pensábamos que íbamos a llegar a enseñar, pero son los niños quienes nos han enseñado y han llegado a nuestros corazones”.

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Con su trabajo en Cine al Corazón, Dairo se dio cuenta de que es necesario conocer las problemáticas de las personas desde adentro para así entender sus necesidades y buscar las soluciones más apropiadas. Por esto decidió estudiar la especialización de Estado, políticas públicas y desarrollo, de la Universidad de los Andes.

“Creo mucho en pensar global pero actuar local. Hay que quitarnos los audífonos de la indiferencia”, reflexiona.

Este guaduero, que en la capital pudo conocer el cine y luego quiso que otros pudieran disfrutar de la magia del séptimo arte, hoy está seguro de que las actividades que realizan con los menores se convierten en puentes de enseñanza para ellos.

“Mucha de la educación que he recibido ha sido a través de películas. Uno puede ir a la universidad y aprender muchas cosas, pero la experiencia vivencial del cine puede pegarse a nuestras fibras para no olvidarlo nunca”, asegura Dairo, quien espera seguir compartiendo su gusto por el cine con más personas, grandes y pequeñas, para que este deje de verse como un lujo y más gente pueda viajar a lugares donde quizá no ha ido, a través de una pantalla.

Ana María González Combariza 
REDACTORA ELTIEMPO.COM



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