‘La pollera colorá’, una cumbia con alma – Música y Libros – Cultura




Era un viernes cualquiera del mes de noviembre de 1961. Cinco de la tarde en Santa Marta. Nos disponíamos a sentarnos a la mesa para la comida en la pensión estudiantil de miss Francy, como solíamos llamar a la dueña.

No bien acomodados, y luego de llevar al sitio acostumbrado el viejo radio Philco, un rugir de tambores y tamboras, seguido por un clarinete y un coro de saxofones cadenciosamente sincopados salían de la frecuencia de no sé qué emisora. Nasario Arce se levantó y empezó a bailar solo. Tenía la afición de bailar solo. Volvió a sonar y Nasario bailaba… y bailaba.

Aquella entonación nos contagió a los seis con su ritmo, su melodía y la voz de su cantante. Era La pollera colorá, nacida como nacen las poesías. Para esta crónica rememoro cuando por primera vez oí: “Ay…al sonar los tambores, esa negra se amaña y al sonar de la caña. ¡oye caramba!, va brindando sus amores…”.

Traigo la vivencia del pariente médico euro-samario Carlos Quiroz, que me compartió un video con La pollera colorá en eufónico cantar orquestado del limeño Juan Diego Flórez Salom, nacido en 1973 y clasificado como tenor lírico ligero, quien ha cantado en El Liceo, de Barcelona; La Scala, de Milán; el Royal Opera House, de Londres; Ópera Estatal, de Viena; Metropolitan Opera, de Nueva York; la Ópera de París, y las más grandes casas de la especialidad en el mundo.

Según los que saben, Flórez es dueño de uno de los más potentes agudos, con graves suficientes propios para las obras de Vincenzo Bellini, Gioachino Rossini y otros. Pero fue en noviembre de 2018, en el Konzerthaus de Viena, cuando el peruano cerró su concierto con La pollera colorá y ocurrió lo nunca visto, el público incontenible empezó a bailar. Cuenta Quiroz, quien estuvo en Viena –llamada la capital musical del mundo–, en Navidad y Año Nuevo invitan a dar un concierto a uno de aquellos que descollan universalmente en el arte de la música y el canto.

Una pollera con historia que se remonta a los años 60, cuando Barrancabermeja vivió sus mejores glorias.

Desde cuando las petroleras se afincaron en las laderas de este puerto del Magdalena, arribaron gentes de toda la costa Caribe.

Fue entonces cuando la orquesta de Pedro Salcedo, de la cual era clarinetista Juan Madera Castro, en el Grill Hawái, durante el encoré o guachern
a –indicador final de cada tanda para el descanso–, no se sabe si fruto de la improvisación, la casualidad o la gloria, surgió una letra inspirada por una mujer solitaria que se movía como si llevara dentro toda la armonía de aquella agrupación.

Sin saber cómo ni por qué Chope profirió un ‘¡Ay!’, siguiendo los versos de la mágica melodía, mientras los saxos acompasados con la percusión callaban lentamente, como sumidos en un ritual.

Cumbia, folclor y fiesta en el Banco, Magdalena

Choperena hace una mixtura en versos con el color y el sabor de dos especias: la aromática canela y la pimienta que inquieta, gracias a la mujer y a la fantasía de una prenda de vestir roja y sencilla: una pollera.

Tiempo después se conoció que se trató de la mulata Mirna Pineda, a quien por su gracia y encanto llamaban la ‘morena maravilla’.

En una noche galante –registró la prensa–, en el Salón Rojo del hotel Tequendama, repetida y repetida la canción por la orquesta de Salcedo y la voz de Choperena, el embajador de Estados Unidos, saturado de alcohol, gritó ante los micrófonos: “¡Viva Colombia, capital de los Estados Unidos!”. Hasta el sol de hoy, no se sabe si perdió el puesto.

El mismo Madera lloró una madrugada al escuchar en la radio que La pollera colorá, en una verbena singular dedicada al papa, había perturbado la calma de monjas, acólitos, seminaristas, clérigos, diáconos y cardenales del Vaticano.

Un celo por la fama envenenó a los autores. Madera defendía como suya la melodía que registró con el cantautor en Barrancabermeja, el 24 de octubre de 1962.

Muchos reportajes se publicaron y se reprodujeron sobre Choperena, que se hizo autor único, y la contienda fue judicializada, mientras las versiones crecían dándole la vuelta al mundo hasta alcanzar el conocidísimo programa Los Simpsons, cuando Moe, dueño de la taberna masónica, le pide a Bart que cante y baile para los obreros La pollera colorá.

Cumbia
Foto:

Vanexa Romero / EL TIEMPO

La pelea subió al Tribunal Superior de Bogotá y el 28 de mayo de 2010 penó a Choperena con prisión de cinco años, librándose de esta por la llegada de su onomástico número 87.

El acorde melódico fue de Pedro Salcedo, quien le incorporó compases de una cumbia instrumental suya de 1949: Takasaluma, alusiva a un pueblo indígena cercano a Magangué. Una versión rústica vio la luz en radio Pipatón, en 1960, y le siguió otra en Medellín, pero tampoco tuvo éxito, hasta ser grabada en los estudios de Tropical en Barranquilla, en marzo de 1961 con Alci Acosta en el teclado y la percusión de Cecil Cuao, quien la condujo adornándola. Cinco horas duró la grabación, porque siempre algún músico se equivocaba.

El Instituto Colombiano de Cultura, en la administración de Aura Lucía Mera, condecoró a Salcedo en el Teatro Colón. Tuve el honor de entregarle la presea. Al tercer día, en gratitud, el maestro me regaló copia de las partituras autografiadas, que después Choperena también firmó.

Madera, declarado hijo adoptivo de Barrancabermeja, siempre malhayó haberles donado su clarinete francés y solicitó la devolución para llevarlo a su natal Sincé, pueblo donde se exhiben las partituras originales en una urna hermética transparente, frente a las cuales cada 20 de julio la versátil banda 8 de Septiembre interpreta La pollera colorá. La gente grita, baila, canta y, al final, guapirrea su emoción fiestera.

El etnomusicólogo Rafael Campos Vives definió la canción como “la cumbia del mundo”. Para Numas Gil, filósofo de San Jacinto, simboliza el contraste melódico de los dos sexos en las gaitas, donde la hembra desjuiciada en el clarinete es doblegada por el corte viril de los saxos; en lo que concuerda con Nicolás Fernández (el hijo de Toño, de Los Gaiteros de San Jacinto), que también sexualiza el alborozo de la hembra que seduce la continencia del varón en los aerófonos.

En el trasegar de la singular cumbia con tantas versiones en el mundo, es la pieza más cantada y representativa de la colombianidad, después del himno nacional.

CIRO A. QUIROZ O.
Para EL TIEMPO



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