Salón Nacional de Artistas regresa a Bogotá, luego de 13 años – Arte y Teatro – Cultura




Hace mucho me había encantado con la frase de Teodoro Adorno de “el arte no da respuestas, sino que cambia las preguntas”. Hoy, regresa de mi memoria. Porque el “revés de la trama”, el eje curatorial del 45.° Salón Nacional de Artistas (45 SNA), justamente hace eso: cambia las preguntas; lo propicia, lo permite y lo busca. El Salón no pretende imponer verdades, no se queda en el blanco y el negro en el que tanto nos enredamos, tampoco se frena en las miradas únicas sino que invita a amplificarlas. También nos propone muchas posibilidades y acercamientos a las realidades plásticas de la actualidad.

El tejedor principal de esta trama es Alejandro Martín. Editor, cinéfilo, matemático, pero por sobre todo curador de exposiciones, es el responsable de imaginarse este Salón. Como Aracne, la tejedora que osó retar a la diosa Atenea diciéndose que era mejor que ella en los oficios del telar, expone las tensiones en las que nos encontramos como sociedad, como individuos, como comunidad, como ciudad, como medio del arte.

A riesgo de ser condenado a convertirse en araña por toda la eternidad por cuenta de su audacia, Martín se incrusta en el corazón de la institucionalidad para intentar desentrañarla. Porque nos demuestra que no por ser un evento público, todos debemos plegarnos a ella, sino, para seguir con el juego lingüístico: por el revés. Pero no lo hace con panfletos, sino que busca los cruces, los pasajes y hasta las sinsalidas. Lo hace con humor e ironía, con belleza y provocaciones. Lo convoca con agudeza y, consecuentemente, lo hace a través de un coro.

A este viaje invitó a otros cómplices para que, juntos, configuraran esa idea de diversidad que es el 45 SNA. Todos tienen en común un universo narrativo y una conciencia plena del poder de la palabra, del lenguaje que marca, que define y que señala. Contadores de historias, cada curador y equipo curatorial invitado –varios de los cuales artistas– nos irradian con sus ideas: ya sea porque nos hacen viajar por el tiempo invitándonos a explorar una dimensión desconocida (La Usurpadora, Universos desdoblados) o porque el tiempo quizá es otra cosa si lo miramos hoy desde la web (Ana María Montenegro, Instancias), desde una publicación (Manuel Kalmanovitz, Llamitas al viento) o desde la ruina (Carolina Cerón y William Contreras, Pastas El Gallo).

También nos cuentan un cuento –o varios– sobre nuestros imaginarios de nación y las nociones de poder construidas a partir de ellos (equipo TransHisTor(ia), Contrainformación), sobre maneras de concebir el mundo que no necesariamente pasan por el capitalismo desbocado que nos atropella (Adriana Pineda, Mitopía, el revés de la trama) o que ponen sobre la mesa preguntas importantes sobre los estereotipos de género o de raza (Luisa Ungar, Lenguajes de la Injuria; Alejandro Martín, Arquitecturas narrativas).

Y ponen en cuestión la noción del artista al convocar creadores empíricos y de otras disciplinas en diálogo con artistas contemporáneos consolidados (equipo TransHisTor(ia), Contrainformación; Ana María Montenegro, Instancia; Adriana Pineda, Mitopía, el revés de la trama). Por último, y como grand finale o comienzo, un deleite visual que resume la trama de este salón y lleva el arte al nivel de la monumentalidad (Alejandro Martín, La fábula de Aracne).

Salon Nacional de Artistas

Nomad 13 Sur, de Beatriz Cortez y Rafa Esparza, revive la idea de una Expedición Botánica. Esta obra hace parte de la curaduría Universos desdoblados, en el Mambo.

Foto:

cortesía 45 Salón Nacional de Artistas

Ilusiones

Tengo ilusión por ver muchas cosas. Por ver el carrito de lata del colectivo mexicano RDD distribuyendo su archivo de libros piratas del puro convencimiento de que el acceso al conocimiento es un derecho. Por ver los huesos regados de la Patasola de Mónica Restrepo por lugares insospechados del Salón.

Por caminar por la avenida Jiménez oyendo los relatos del equipo TransHisTor(ia) sobre los murales y relieves que han estado ahí desde hace décadas, pero no sabemos quién los hizo y qué cuentan, o de caminar por esas mismas calles oyendo alguna buena trama de ciudad de las chicas de Radio Bestial.

Por ver cómo es que se conmemorarán los dos años del NO, y al mes, cómo se celebrarán los dos años del por fin. Quiero oír a Natalia Sorzano en su performance “burocrática” de la Dirección de Asuntos sin importancia, e indudablemente escuchar todo lo que tiene para decir sobre el cuerpo, lo femenino, la feminidad, el ser mujer, la brasileña Jota Mombaça.

Muero por ver las nociones de ligereza de Adrián Gaitán con esa escultura de colchones colgantes configurando una cinta de Moebius, justo al lado de una piel de esas que le cortan a uno el aliento de Delcy Morelos. Quiero ver en vivo y en directo el trabajo de Carmenza Banguera, esos colores Mi Negrito con los que se les da “color” a las pieles negras. Me dan mucha curiosidad las fotografías de Andrea Triana y Stephanie Montes y Jorge Acero y Nobara Hayakawa, de lo exquisitas, en su idea de lo extraordinario que puede llegar a ser lo ordinario.

Tengo ilusión por ver muchas cosas. Por ver el carrito de lata del colectivo mexicano RDD distribuyendo su archivo de libros piratas porque el acceso al conocimiento es un derecho.

Quiero saber cómo es que una comunidad campesina azotada por la violencia en el Cauca protegió un tesoro arqueológico y le dio un nuevo significado a la guerra. También cómo se pinta para huirle a la guerra. Quiero presenciar cómo es que el sonido puede verse y cómo es que una suma de sonidos programados se convierten en música. Quiero ver cómo dos íconos de nuestra cultura como Cien años de soledad y Rodrigo D No Futuro son reformulados y homenajeados por David Medina y Wallace Mazuco.

Quiero descubrir cómo hay un hombre tan increíble, llamado Gabriel Castillo, que puede imaginarse un mundo perfecto en la República Independiente del Catatumbo o un lugar en donde el arte les permite a quienes carecen de libertad, y por arte de Abrakadabra, soñar con una película. Y hacerla. Quiero oír a la gente convocada al micrófono de Cubo Abierto para discutir sobre las economías en el arte. Quiero sentir cómo la fiesta, el encuentro y el parchadero son escenarios tan válidos para la creación como un estudio de arte. Quiero vivir ese poderoso gesto de lo pequeño y aprender desde la consigna de “GIF me the power”. Y tal vez aprender a hacer unos pasos de voguing.

Quiero maravillarme, de nuevo, con la delicadeza del tejido de Juliana Góngora, que se presentará al lado de Julieth Morales y su doble lugar de ser descendiente de una cultura del tejido como la mizak y, al mismo tiempo, vivir en plena contemporaneidad. Me ilusiona ver el trabajo de Rosario López sobre las ruinas de una fábrica textil, así como ver en sí misma la ruina de la fábrica de pastas El Gallo en la plaza España. Al mismo tiempo, me emociona esa noción ambigua de futuro-pasado-presente que construye La Usurpadora poniendo en primer plano que los tiempos se traslapan y que quizá debemos empezar a mirar otras lógicas y cosmogonías, tanto interplanetarias como ancestrales, como posibles respuestas a nuestra destrucción sistemática del planeta y su amenazada posibilidad de futuro.

Y hablando de futuro, me entusiasma saber que los guías del espacio no recitarán nada sino que se ingeniarán historias y las construirán con su público dándole un lugar a lo educativo desde la maravilla que es la curiosidad. Podría seguir enumerando ilusiones, pero se las dejo a ustedes para que se entusiasmen a descubrir todas las tramas que el Salón propone.

Salon Nacional de Artistas

Edinson Quiñones, Maximiliano Ley y Diego Fernando Morales, de la curaduría Lenguajes de la injuria, reflexionan sobre el museo de la Vereda La Cristalina en Corinto, Cauca.

Foto:

cortesía 45 Salón Nacional de Artistas

El retorno a lo público

Hace 13 años no había Salón Nacional de Artistas en Bogotá. Hay toda una generación de capitalinos que no tiene como referente una exposición de arte público y gratuito de las magnitudes de un salón. Como las grandes bienales, es en este tipo de eventos sin carácter comercial donde se ponen a prueba las ideas, donde se experimenta con formatos, donde se descubren talentos, legitiman carreras y se ponen en diálogo obras de distintas procedencias. Donde se propicia el encuentro.

Es la oportunidad para refrescar la mirada, descubrir la versatilidad que tienen las prácticas artísticas contemporáneas, esas que, aunque les dicen excluyentes, están incluyendo múltiples formas del arte, públicos e intereses.

Hay arte para todos los gustos. Y plan para casi dos meses. Si le gusta el cómic y el dibujo, vaya al Colombo Americano; si le interesan los procesos colectivos, el lugar es LIA; si prefiere las publicaciones y la fotografía, su destino es El Parqueadero; si le interesa la pintura y los relatos de posconflicto, puede pasarse por la Academia de Artes de Bogotá (Asab); si le gustan las acciones performáticas, el paseo es a Espacio Odeón y a la Biblioteca Nacional.

Si quiere deleitarse con obras in situ y redescubrir un edificio monumental de la ciudad, tiene que ir a la plaza España. Si le interesa la escultura, no puede perderse el Museo de Artes Visuales de la Tadeo, y si lo suyo son las videoinstalaciones con un relato político potente, no deje de ir a la Galería Santa Fe. Pero si prefiere el relato de ciencia ficción, la ironía y la sorpresa, su lugar es el Mambo. Y habrá un lugar más grande que todos estos: 45.sna.com. La web como sede, con una pantalla como extensión en la Cinemateca de Bogotá.

“La ciudad habla y uno la tendría que saber escuchar, aunque siento que nuestras ciudades hablan muy pasito”, concluye Alejandro Martín invitándonos a dejar la timidez y elevar la voz. Las voces. Algunas se encontrarán. Ojalá muchas.

Dominique Rodríguez Dalvard*
* Periodista cultural



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